Ilusión. Eso es lo que ha supuesto la puesta en escena de un Betis. Un auténtico deja vú que, un año más, vuelve a poner los pelos de punta a su fiel afición. Y eso sólo en apenas tres meses, tras la finalización de otra desesperante y horrible temporada en lo deportivo.

El bético se fue de vacaciones con la sensación de que muchas cosas tendrían que cambiar en el equipo para poder competir con los mejores a lo largo de esta campaña y no tener que mirar nuevamente al infierno de la clasificación.

Ha sido un verano de lo más completo en el barrio de Heliópolis. Hemos visto cómo nuestro templo se remozaba tanto por fuera como por dentro, cómo se firmaba un pacto que tantos quebraderos de cabeza ha traído en los últimos años, la llegada de un entrenador que conseguía avivar la llama en el corazón del beticismo y de jugadores que realmente mejoraban lo que había en la casa de las trece barras. Obviamente, no hay que olvidar destacar algo sumamente importante y carente años atrás: paz social e institucional que se demandaba desde hace mucho tiempo. El bético está ilusionado, el bético quiere ver fútbol, quiere ganar y quiere disfrutar.

Tras el primer partido liguero, los hay que ya lanzan dardos envenenados a los despachos del Benito Villamarín, y no los critico. El Betis necesita ganar y disfrutar, pero lo necesita desde ayer.

El jugador que vista la elástica verdiblanca tiene que comprender que la afición no puede esperar más la consolidación de un nuevo proyecto. ¿Por qué? La respuesta es francamente sencilla. El bético es experto en vaivenes emocionales veranos sí, verano también, y el jugador que llegue, por nuevo que sea tiene que saber la responsabilidad que conlleva vestir una camiseta que la afición quiere, siente y duele como a un hijo.

Que no se equivoquen los Camarasa, Tello, Guardado y compañía cuando el aficionado les grita o pite. El bético no quiere criticar ni exasperar. Lo que sí desea es ganar y ver como el escudo se eleva a la altura de una afición que, como viene siendo habitual al final de la palmera, es la única que no falla año tras año, la verdadera ganadora, sin apéndice de duda alguno, el derecho a expresarse libremente dentro y fuera del campo, sin que nadie en la planta noble del Villamarín pueda rebatir absolutamente nada.

La afición es soberana. En la Ciudad del Betis, ésta es la que manda y eso es algo que los nuevos tienen que grabarse al milímetro en su frente desde el primer día. El Betis es lo que tiene.

 

© FOTO: Real Betis Balompié