Antes se amaba para siempre

Andrés Gotor de Astorza


Hace muchos años, en los patios de colegio, se soñaba con ser futbolista, y se les daba patadas a las latas para hacer, de cualquier esquina, una portería. Los niños elegíamos un equipo para siempre, y escogíamos a un jugador que hacíamos parte de nosotros. Forrábamos los cuadernos con los cromos que llevaban las caras de nuestros ídolos, y recogíamos un garabato en un papel que guardábamos como oro en paño. No nos valían las excusas cuando los grandes llamaban a las puertas y se llevaban a nuestras estrellas, que juraban por la tele amor eterno a otro club que había venido con un maletín lleno de billetes. No comprendíamos ese divorcio, y no compartíamos la idea de que, alguien a quien admirábamos, se marchara para siempre, permitiendo que otros niños, de otros colores, se pelearan por llevar su nombre en la camiseta.

Llevo muchos años escuchando que corren otros tiempos, como si la fecha dictara que ya no importa cada uno de esos pequeños esfuerzos que uno hace cuando ama. Tal vez es que antes se amaba para siempre, y los jugadores eran más agradecidos, y los telediarios hablaban de los kilómetros que uno recorría, las gargantas que se desgarraban por dar un último grito, o la sintonía de las palmas sonando al compás de un fútbol pobre, pero henchido de pasión. Antes era normal ver cómo los jugadores se retiraban en los equipos en los que habían dado sus primeros pasos, o en los equipos a los que les debían la gloria. A mí me gustaba cuando todo eso representaba algo, hacía que el fútbol fuera como un primer amor que nunca se deshacía en la boca. Pero esta forma y este fútbol al que apodamos moderno, donde somos plástico y dinero, y un número de abonado, y no la sangre, el sudor y las lágrimas que le ponemos para poder aunar nuestras fuerzas y nuestros ahorros, con tal de seguir a nuestros equipos donde haga falta. Este fútbol corrompido y condenado por la sociedad de un solo uso. Este fútbol especulativo donde los jugadores olvidan y caen en el olvido a la mañana siguiente, y los clubes que se hacen llamar señores compran la dignidad de una grada haciéndoles ver que son la única parte leal de esta historia, repleta de usureros y traidores. Este fútbol resultadista y efectivo, que deja a un lado el arte, la poesía y la legalidad para los pobres, y que justifica los medios por los objetivos, poniendo a prueba la resistencia de los hombres, que se prometen, cada temporada, que será la última vez en la que se podrá contar con ellos. Este fútbol de plástico huevado, con una trayectoria incierta que nos hace preguntarnos a dónde se dirige. Este fútbol que intenta comprarlo todo, aún debe rendirse a este escalofrío de taquillas y esperanza, ese algo que nadie puede comprarte, ese corazón de aficionado. Porque nosotros seguimos siendo aquello que hace que el fútbol se mantenga vivo. Nosotros somos el fútbol, y ni estamos en venta, ni importa quién se vaya, porque nadie está por encima del escudo.