Campaña para soñar

El inicio de temporada en el Villamarín llama al optimismo

Parecía que no llegaría, pero llegó. Tras meses viendo como el coliseo verdiblanco crecía tras la lona de Gol Sur, la familia bética vivió el inicio del curso en el Villamarín con esa sensación vivida sólo en las grandes jornadas de gloria que ha vivido este club desde sus inicios.

Tras la larga espera, el bético únicamente anhelaba una cosa: ver a su equipo ganar. Y vaya si lo hizo. No sólo ganó al Celta, sino que logró enamorar y enchufar a la afición como lo hacía antaño. Una afición necesitada de victorias, puntos, buenas sensaciones…

Con el esfuerzo infinito de la directiva, Lorenzo Serra Ferrer ha logrado devolver al bético esa ilusión que tanto ha brillado por su ausencia en temporadas anteriores. Una emoción que tanto se ha echado de menos y tanto trabajo está costando devolver a sus amantes. Parece que este año, por fin, el ansiado salto de calidad ha llegado. Ahora falta lo esencial: trabajo. Quique Setién tiene la compleja y laboriosa tarea de no dejar que la plantilla baje los brazos y infundir jugador por jugador la esencia de ese aliento que se desprende del infinito graderío de un Gol Sur capaz de levantar los ánimos a cualquiera.

A priori, todo indica que la demandad paz social ha vuelto, y esperemos que para quedarse. Confiemos en que esta dinámica de crecimiento nos haga coger a todos un remo con la única idea y con el firme propósito de avanzar hacia un mismo destino.

No está todo hecho, ni muchísimo menos. Más todavía tratándose del Betis, como bien sabemos todos los que lo sentimos y amamos. La vulnerabilidad es una palabra que sigue resonando por el cielo del Villamarín. El camino, indudablemente, no es llano ni fácil. No se debe creer que ganar un partido es sinónimo de éxito. En absoluto. Esto no ha hecho más que comenzar.

Si hay alguien que no quiere ver a este equipo en lo más alto, que suelte su remo y se eche a un lado. El Betis tiene que llegar.

 

© FOTO: Real Betis Balompié

 

Ilusión de nombre Betis

Los nuevos deben impregnarse del sentimiento verdiblanco

Ilusión. Eso es lo que ha supuesto la puesta en escena de un Betis. Un auténtico deja vú que, un año más, vuelve a poner los pelos de punta a su fiel afición. Y eso sólo en apenas tres meses, tras la finalización de otra desesperante y horrible temporada en lo deportivo.

El bético se fue de vacaciones con la sensación de que muchas cosas tendrían que cambiar en el equipo para poder competir con los mejores a lo largo de esta campaña y no tener que mirar nuevamente al infierno de la clasificación.

Ha sido un verano de lo más completo en el barrio de Heliópolis. Hemos visto cómo nuestro templo se remozaba tanto por fuera como por dentro, cómo se firmaba un pacto que tantos quebraderos de cabeza ha traído en los últimos años, la llegada de un entrenador que conseguía avivar la llama en el corazón del beticismo y de jugadores que realmente mejoraban lo que había en la casa de las trece barras. Obviamente, no hay que olvidar destacar algo sumamente importante y carente años atrás: paz social e institucional que se demandaba desde hace mucho tiempo. El bético está ilusionado, el bético quiere ver fútbol, quiere ganar y quiere disfrutar.

Tras el primer partido liguero, los hay que ya lanzan dardos envenenados a los despachos del Benito Villamarín, y no los critico. El Betis necesita ganar y disfrutar, pero lo necesita desde ayer.

El jugador que vista la elástica verdiblanca tiene que comprender que la afición no puede esperar más la consolidación de un nuevo proyecto. ¿Por qué? La respuesta es francamente sencilla. El bético es experto en vaivenes emocionales veranos sí, verano también, y el jugador que llegue, por nuevo que sea tiene que saber la responsabilidad que conlleva vestir una camiseta que la afición quiere, siente y duele como a un hijo.

Que no se equivoquen los Camarasa, Tello, Guardado y compañía cuando el aficionado les grita o pite. El bético no quiere criticar ni exasperar. Lo que sí desea es ganar y ver como el escudo se eleva a la altura de una afición que, como viene siendo habitual al final de la palmera, es la única que no falla año tras año, la verdadera ganadora, sin apéndice de duda alguno, el derecho a expresarse libremente dentro y fuera del campo, sin que nadie en la planta noble del Villamarín pueda rebatir absolutamente nada.

La afición es soberana. En la Ciudad del Betis, ésta es la que manda y eso es algo que los nuevos tienen que grabarse al milímetro en su frente desde el primer día. El Betis es lo que tiene.

 

© FOTO: Real Betis Balompié

 

Antes se amaba para siempre

Andrés Gotor de Astorza

Hace muchos años, en los patios de colegio, se soñaba con ser futbolista, y se les daba patadas a las latas para hacer, de cualquier esquina, una portería. Los niños elegíamos un equipo para siempre, y escogíamos a un jugador que hacíamos parte de nosotros. Forrábamos los cuadernos con los cromos que llevaban las caras de nuestros ídolos, y recogíamos un garabato en un papel que guardábamos como oro en paño. No nos valían las excusas cuando los grandes llamaban a las puertas y se llevaban a nuestras estrellas, que juraban por la tele amor eterno a otro club que había venido con un maletín lleno de billetes. No comprendíamos ese divorcio, y no compartíamos la idea de que, alguien a quien admirábamos, se marchara para siempre, permitiendo que otros niños, de otros colores, se pelearan por llevar su nombre en la camiseta.

Llevo muchos años escuchando que corren otros tiempos, como si la fecha dictara que ya no importa cada uno de esos pequeños esfuerzos que uno hace cuando ama. Tal vez es que antes se amaba para siempre, y los jugadores eran más agradecidos, y los telediarios hablaban de los kilómetros que uno recorría, las gargantas que se desgarraban por dar un último grito, o la sintonía de las palmas sonando al compás de un fútbol pobre, pero henchido de pasión. Antes era normal ver cómo los jugadores se retiraban en los equipos en los que habían dado sus primeros pasos, o en los equipos a los que les debían la gloria. A mí me gustaba cuando todo eso representaba algo, hacía que el fútbol fuera como un primer amor que nunca se deshacía en la boca. Pero esta forma y este fútbol al que apodamos moderno, donde somos plástico y dinero, y un número de abonado, y no la sangre, el sudor y las lágrimas que le ponemos para poder aunar nuestras fuerzas y nuestros ahorros, con tal de seguir a nuestros equipos donde haga falta. Este fútbol corrompido y condenado por la sociedad de un solo uso. Este fútbol especulativo donde los jugadores olvidan y caen en el olvido a la mañana siguiente, y los clubes que se hacen llamar señores compran la dignidad de una grada haciéndoles ver que son la única parte leal de esta historia, repleta de usureros y traidores. Este fútbol resultadista y efectivo, que deja a un lado el arte, la poesía y la legalidad para los pobres, y que justifica los medios por los objetivos, poniendo a prueba la resistencia de los hombres, que se prometen, cada temporada, que será la última vez en la que se podrá contar con ellos. Este fútbol de plástico huevado, con una trayectoria incierta que nos hace preguntarnos a dónde se dirige. Este fútbol que intenta comprarlo todo, aún debe rendirse a este escalofrío de taquillas y esperanza, ese algo que nadie puede comprarte, ese corazón de aficionado. Porque nosotros seguimos siendo aquello que hace que el fútbol se mantenga vivo. Nosotros somos el fútbol, y ni estamos en venta, ni importa quién se vaya, porque nadie está por encima del escudo.